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Regla de Vida Asuncionista

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REGLA DE VIDA

DE LOS

LAICOS ASUNCIONISTAS

COMPLETA

“Ante todo, hermanos carísimos, amad a Dios y después también al prójimo, porque estos son los mandamientos que principalmente se nos han dado”.

(San Agustín)

“Tomamos por lema estas palabras del Padrenuestro: ADVENIAT REGNUM TUUM. Y las del oficio divino: PROPTER AMOREM DOMINI NOSTRI JESUCRISTI.
El advenimiento del Reino de Cristo en nosotros y en el prójimo. He aquí lo que nos proponemos ante todo”.

(P. d’Alzon, Constituciones de 1865, I, 1)

“El espíritu de la Asunción se resume en estas pocas palabras: El amor a nuestro Señor, a la Santísima Virgen, su Madre, y a la Iglesia, su Esposa”.

(P. d’Alzon, Directorio, I, 1)


A manera de Introducción


Dios suscita hombres y mujeres adecuados a las necesidades que surgen en la Iglesia a lo largo de la historia de la humanidad. Los llama, les da la gracia de sentir y pensar como él, les da una misión y los envía. Nosotros debemos escucharlo con el corazón de discípulo porque nunca cesa de hacer su llamada. Debemos tener pasión por Jesucristo y experiencia de Dios (oración y estudio) para hacer de nuestra vocación el centro de la vida de cada uno de nosotros.


El padre d’Alzon se inspira en la doctrina de San Agustín, en su Regla de Vida, para poder fundar la comunidad asuncionista. Toma de él su visión del hombre, del religioso y del laico. Asume la doctrina agustiniana y la transporta, la adecua, la adapta a su tiempo. Nuestra razón de ser es el amor a Jesucristo y todo lo que él ama: a María su madre y a la Iglesia su esposa; somos cristocéntricos, todo es a través de Cristo, amamos al Padre y al Espíritu Santo por mediación de Cristo. Conocemos al Padre por él, así como recibimos al Espíritu Santo por él. Somos encarnacionistas, todo el tiempo tratamos de encarnar a Cristo, y por él al Dios Trinidad, en nuestra vida cotidiana.

CAPÍTULO I
LA ASUNCIÓN LAICAL


Nº 1.– Los Laicos Asuncionistas formamos comunidad de vida apostólica. Fieles al fundador, el P. d’Alzon, nos proponemos, ante todo, trabajar, por amor a Cristo, a favor del advenimiento del Reino de Dios en nosotros y alrededor de nosotros.

Nº 2.– Jesucristo es el centro de nuestra vida. Nos comprometemos a seguirle en la fe, la esperanza y la caridad. Como él, testigo del amor del Padre y solidario con los hombres, los Laicos Asuncionistas queremos ser hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Nº 3.– Cristo nos reúne. Formamos comunidades siguiendo el espíritu de San Agustín. Buscamos una vida fraterna hecha de franqueza, cordialidad y sencillez. Pretendemos ser hombres y mujeres de oración fieles a la Iglesia. Con ella nuestras comunidades celebran su fe y se abren al Espíritu con vistas a su misión.


Nº 4.– La comunidad de Laicos Asuncionistas existe para el advenimiento del Reino. El espíritu del fundador nos impulsa a hacer nuestras las grandes causas de Dios y del hombre, a hacernos presentes allí donde Dios está amenazado en el hombre y el hombre amenazado como imagen de Dios.

Tenemos que dar pruebas de audacia, iniciativa y desprendimiento, guardando fidelidad a la enseñanza y a las orientaciones de la Iglesia. Es nuestro modo de participar en su vida y en su misión.

Nº 5.– Fieles a la voluntad del P. d’Alzon, nuestras comunidades están al servicio de la verdad, de la unidad y de la caridad. Así anuncian el Reino.

CAPÍTULO II
NUESTRA VIDA COMÚN

Nº 6.– Llamados por Cristo, fuente de nuestra unidad, optamos por vivir conforme al espíritu de San Agustín, para que venga su Reino. El advenimiento del Reino de Jesucristo para nosotros y para el prójimo se realiza ya en nuestra vida comunitaria. Por muy dispersos que estemos en razón de nuestro estilo de vida y del apostolado, participamos en la vida y en la misión de la comunidad.


Nº 7.– La vida fraterna se nos da a construir día tras día. Acogida como don de Dios, exige a cada laico asuncionista una conversión diaria que afianza su propia fidelidad y la de sus hermanos.


Nº 8.– Nos aceptamos diferentes, pues Aquél que nos une es más fuerte que lo que nos separa. Debemos superar sin cesar nuestras divisiones y limitaciones para reencontrarnos en la acogida y el perdón.

Si anteponemos la escucha benévola y el respeto a las personas a cualquier divergencia de opinión, diferencias de origen, de edad, de mentalidad o salud, nuestra diversidad se trasforma en riqueza.

Nº 9.– La vida de las comunidades laicales Asuncionistas exige encuentros periódicos que nos permiten evaluar nuestra espiritualidad y trabajo apostólico.


Así como:

- Evaluación periódica de las actividades de cada comunidad.

- Revisión de vida comunitaria para compartir nuestras experiencias cotidianas a la luz de la fe.

- Rehaciendo nuestras fuerzas y nuestra unidad en la oración en común, sobre todo en la celebración de la Eucaristía.


Nuestras comunidades buscan una vida evangélica más fiel y un apostolado más abierto a las llamadas de la Iglesia y del mundo; mediante un intercambio cordial y franco propiciado por las reuniones periódicas.


Las alegrías y las adversidades, el esparcimiento y las frecuentes convivencias nos deparan la ocasión de estrechar nuestros lazos de unión en la sencillez, conforme al espíritu tradicional de la Asunción.
Nos ocupamos con especial cariño de nuestros hermanos enfermos y mayores.


Nº 10.– Es importante que las comunidades se muestren acogedoras. Solidarias con las demás comunidades laicales. Manteniendo siempre vivo su sentido de Iglesia, fundamento de toda comunión fraterna.


Nº 11.– Nuestras responsabilidades y funciones son diversas. El desempeño de las mismas exige espíritu de servicio y de caridad.


El animador vela por la vida de la comunidad, atiende con especial solicitud a las personas y garantiza la libertad de cada miembro y la unidad de todos.

Nº 12.– Vivida así, nuestra vida común da plenitud a la vocación de cada laico asuncionista. En un mundo dividido, testifica que Cristo está vivo entre nosotros y que realiza nuestra unidad en orden al anuncio del Evangelio.

CAPÍTULO III
NUESTRA VIDA DE SERVICIO APOSTÓLICO

Nº 13.– El apostolado de nuestra asociación laical asuncionista inserta a nuestras comunidades en la misión de la Iglesia: congregar a todos los hombres en el Pueblo de Dios.

Nuestra divisa: Venga tu Reino nos impulsa a trabajar por el advenimiento del reino de Dios en nosotros y en el mundo.

Como el Padre lo envió, así Cristo nos envía con la promesa de su Espíritu a servir a nuestros hermanos mediante la proclamación del Evangelio.


Nº 14.– Nuestras comunidades quieren compartir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de su tiempo, en especial de los pobres y de todos “los que tienen hambre y sed de justicia”.
(Mt 5, 6).

Solidarios con sus aspiraciones y sus esfuerzos, participamos en la venida de un mundo más justo más fraterno.


Nº 15.– Dentro de los límites de nuestras posibilidades, elegimos los compromisos que se ajusten efectivamente a las necesidades actuales ya la espíritu de la Asunción.


Nº 16.– Trabajamos en la edificación de la Iglesia por el anuncio de Jesucristo. Damos prioridad a la educación en la fe, a la formación de laicos comprometidos, al despertar y seguimiento de vocaciones cristianas, en especial la vocación matrimonial, religiosa y sacerdotal. El anuncio de Jesucristo es inseparable de la promoción de todo hombre en la justicia, el amor y la unidad. Todas nuestras actividades estarán animadas por un espíritu doctrinal, social y ecuménico.


Nº 17.- Queremos permanecer fieles a las grandes orientaciones de la Iglesia, en comunión con el Papa, el Colegio Episcopal, la Iglesia local y nuestra parroquia. Colaboramos franca y desinteresadamente con todos los que están comprometidos en la evangelización.


Nº 18.- Nuestro apostolado se encaminara a formas muy variadas desde nuestro espíritu e historia, especialmente: la enseñanza "en el sentido más amplio de la palabra", los estudios, los medios de comunicación social, las peregrinaciones, el ecumenismo, el servicio a las parroquias, los movimientos apostólicos de laicos, las obras sociales, el servicio a las Iglesias misioneras nacionales e internacionales.

En virtud de la vocación propia de la Asunción debemos estar siempre disponibles y ser capaces de inventiva.


Nº 19.- Por la calidad de su vida y de su ación, la comunidad da testimonio de la buena nueva.

Sanos y enfermos, jóvenes o ancianos, cada uno según su vocación y su situación, todos compartimos con nuestros hermanos esta misión apostólica.


Nº 20.- Nuestra vocación misionera laical pide que nos hagamos "todos para todos". Esta disponibilidad implica particularmente:

- Apertura de espíritu y de corazón a los valores culturales, sociales y religiosos de los diferentes ambientes humanos.

- Voluntad tanto de recibir como de dar, con estima y respeto mutuos.

- Preocupación de formación, competencia y adaptación.

- Esfuerzo de iniciativa y de inventiva.

- Celo apostólico, amor al trabajo, franqueza y audacia.

Nº 21.- Verificaremos con regularidad la calidad de nuestro servicio apostólico; estudiaremos las opciones y adaptaciones necesarias.

Nuestras preferencias y nuestras aptitudes personales serán tomadas en cuenta; pero confrontadas en todo momento con las orientaciones y prioridades de nuestro estado de vida como laicos y con las llamadas de nuestras comunidades.


Nº 22.– Nuestra oración personal y comunitaria acoge y celebra la acción de Dios en la vida de los hombres. Imploramos su perdón por los rechazos a las llamadas del Espíritu. En ella reavivamos nuestra esperanza, para ser testigos de Cristo “hasta que vuelva”.

CAPÍTULO IV
NUESTRO COMPROMISO EVANGÉLICO

Nº 23.– En un mundo en el que compartimos la búsqueda y el esfuerzo de los hombres por llegar a ser plenamente hombres, reconocemos en Jesucristo al hombre perfecto, encontramos en Dios la razón más poderosa de nuestro vivir y de nuestro actuar. De todos quiere Dios hacer su pueblo, sus amigos, sus hijos.


Nº 24.– Estamos llamados a seguir a Cristo de una forma radical por los caminos del Evangelio. Bajo la acción del Espíritu y a ejemplo de María, optamos por arriesgar nuestras vidas en la aventura del encuentro con Dios.


Nuestro compromiso laical, desarrollo de las riquezas de nuestro bautismo, nos empuja a crecer sin cesar en la fe, la esperanza y el amor.


Nº 25.– Por nuestra consagración bautismal que atestigua nuestra fe en Jesucristo, queremos responder a esta vocación laical haciéndonos servidores del Reino con espíritu evangélico de pobreza, castidad y obediencia.

POBREZA

Nº 26.– En un mundo en el que el apego a los bienes materiales y su injusta distribución son fuente de división y de odio, testificamos que Dios es nuestra verdadera riqueza y nos quiere solidarios con los pobres.

Asumiendo la porción de trabajo que nos corresponde en medio de los hombres, queremos participar en la promoción de las personas y de los pueblos con vistas al Reino.


Nº 27.– Conscientes de nuestra responsabilidad como cristianos, nos comprometemos a vivir en la pobreza según el Evangelio.

Cristo nos invita a confiar en el Padre que da la tierra a todos. Quiere que los hombres la compartamos entre nosotros pues todos somos hermanos.

Este hecho constituye para nosotros una llamada a compartir lo que somos y tenemos para el servicio de los demás.

Esto nos exige un desprendimiento verdadero de cualquier forma de posesión para alcanzar una mayor libertad y ponernos del lado de los pobres y oprimidos.


Nº 28.– Por el espíritu evangélico de pobreza optamos por poner al servicio de los demás nuestros talentos y recursos, llevando una vida modesta y sencilla con espíritu de desprendimiento.


Nº 29.– El manejo de la situación económica de la comunidad es responsabilidad de sus miembros.

La información mutua, la participación activa en las decisiones y el compartir las tareas nos obliga a todos.


Nº 30.– El espíritu de pobreza exige de la comunidad laical, el dejarnos interpelar por aquellas cuyo apostolado es trabajar y vivir con los más pobres.


Nº 31.– El compartir lo que somos, sabemos y tenemos debe extenderse a las demás comunidades, a los necesitados, a los que se organizan para conseguir un mundo más justo; pues la pobreza, en su dimensión social e internacional, nos invita a estar atentos y presentes en los problemas colectivos de la vida de los hombres.


Nº 32.– Así cada comunidad da testimonio del valor relativo de los bienes terrestres y tiende a establecer entre los hombres el Reino de justicia y paz.

CASTIDAD

Nº 33.– Creado para amar y ser amado, el hombre realiza su vocación de amor bajo múltiples formas.

Siguiendo a Cristo, totalmente al servicio del Padre, elegimos la castidad con vistas al Reino. Orientamos hacia Dios todo el amor que podemos dar y recibir.


Nº 34.– Nuestra vida queda, de este modo, dedicada al servicio del Evangelio y de nuestros hermanos. Lejos de replegarnos estérilmente sobre nosotros mismos, nuestra soltería o vida matrimonial debe abrirnos a los demás.

Vivida en la acogida del otro y del don de sí mismo, la castidad manifiesta el sentido profundo del amor humano y su vocación última.


Nº 35.– Este darnos a Dios y a los demás nos hace libres y nos dispone a la vida del amor evangélico y del apostolado.

Cuanto más amemos como Cristo, mejor podremos vivir, bajo su mirada, nuestras relaciones humanas; y más sensibles seremos a las alegrías, los sufrimientos y las inquietudes de los hombres.


Nº 36.– Confiados en el Señor que da fuerza a nuestra debilidad, nos comprometemos por el Reino a vivir la soltería o la vida matrimonial, en la castidad que nos exige una entrega total a Cristo en la fidelidad a nuestro estado de vida.

Nº 37.– La fidelidad a este compromiso exige una educación humana y espiritual. Requiere intimidad con Cristo, así como prudencia, dominio de sí, vida equilibrada y sensatez en el uso de los medios masivos de comunicación social.


Atentos a la vocación de nuestros hermanos Asuncionistas, procuramos mantener en nuestras comunidades una vida verdaderamente fraterna, hecha de amistad, de escucha, de delicadeza, de apoyo y de perdón.

Nº 38.– Nuestra castidad, vivida con serenidad y alegría, según nuestro estado de vida, es signo del Reino y anuncia el día “en que Dios será todo en todos”.

OBEDIENCIA

Nº 39.– La solidaridad y mutua dependencia son el camino de liberación y realización para todo hombre.

El evangelio nos invita a asumir dichas vinculaciones en la sumisión al Padre y el amor fraterno. A la voluntad de poder y al repliegue egoísta sobre sí mismo, contraponemos la atención a los pequeños y el servicio a los demás.

De este modo, frente a las esclavitudes e indiferencias culpables, procuramos dar testimonio de la verdadera libertad en el Espíritu. “Llamados a la libertad” deseamos “servirnos unos a otros por amor”. (Gal 5, 13).


Nº 40.– Nuestra obediencia tiene su raíz en la de Cristo. Su fidelidad al Padre y el amor a los hombres le condujeron al don total de sí mismo. Vino a servir y se hizo obediente hasta la muerte.


Nº 41.– Ofrecemos a Dios nuestra voluntad de una forma radical y nos comprometemos a seguir los lineamientos de la Regla de Vida de los Laicos Asuncionistas.

La obediencia que nos une estrechamente a la Iglesia, se la debemos también al Santo Padre, siempre fieles a nuestra vocación laical.
En la escucha al Espíritu, a la Iglesia y al mundo tratamos de discernir juntos la llamada de Dios en nuestras comunidades laicales, en la vida de los hombres y en los acontecimientos.


Nº 42.- Todos caminamos buscando la voluntad del Padre en un clima de libertad y de franqueza, de confianza y colaboración, de iniciativa y corresponsabilidad.

El coordinador es el hermano que ayuda a la comunidad laical a construirse día tras día.

Recuerda a sus hermanos las convicciones y decisiones de la comunidad asuncionista religiosa y laica.

A veces estimula a una fidelidad más exigente al Evangelio.

Tras una búsqueda común o un diálogo personal, presta a todos el servicio de la decisión, con la autoridad que le confiere su función. Siempre respetando la vocación personal de cada uno.


Nº 43.- Vivida en la fe y la oración, la obediencia nos abre a Dios y a los hombres. Va convirtiendo poco a poco nuestro afán de dominio en voluntad de servicio y promoción del otro. Manifiesta nuestra fe y nuestra disponibilidad a la voluntad del Padre. Así es signo del Reino.

CAPÍTULO V
NUESTRA VIDA DE ORACIÓN

Nº 44.– Como el P. d’Alzon, hombre de fe, reconocemos la necesidad de la oración. Esta nos abre a la acción de Dios. La oración es la fuente siempre renovada de nuestra acción apostólica.


Nº 45.– Por la fidelidad al Evangelio en nuestras opciones, en el trabajo diario, en la apertura a los demás y en la disponibilidad ante los acontecimientos, toda nuestra vida bajo la acción del Espíritu, se transforma en encuentro con Dios.


Nº 46.- Nuestra oración se manifiesta en alabanza al Padre por la revelación de su amor y en acción de gracias por lo que hace en nosotros y en los demás. Nos lleva también a pedir, para el mundo y para nosotros, su perdón y la fuerza de cumplir su voluntad.

A su vez, la oración nos procura intimidad filial con Dios, vigor en la fe y generosidad en la acción.


Nº 47.– Nuestra vida de oración se alimenta de la palabra de Dios, especialmente por la meditación de las Sagradas Escrituras, la oración con los salmos y la celebración eucarística que es su centro.
La comunión del Cuerpo de Cristo nos apremia a vivir en el amor fraterno y a promover la unidad entre los hombres.


Por la recepción frecuente del sacramento de la penitencia nos abrimos al perdón de Dios y participamos así con mayor plenitud en el Misterio Pascual.

Nº 48.– Después de Cristo, nuestro único mediador, la Virgen María ocupa en nuestra oración un lugar privilegiado, por ser madre del Señor y su humilde esclava en el plan de Redención. Con ella contemplamos los misterios del Verbo hecho carne, en especial con el rezo del rosario.


Nº 49.- Nuestras grandes intenciones son las de la Iglesia. También nos preocupamos de nuestros hermanos vivos, pues los lazos comunitarios nos unen más estrechamente a ellos, y de nuestros hermanos difuntos por los que ofrecemos oraciones en su favor.

Nº 50.– La oración cuestiona nuestra vida a la luz del Evangelio. Debemos interrogarnos sobre cómo nuestra vida se encarna en la oración y cómo la oración incide en nuestra vida y en la de la comunidad.


Nº 51.- La oración es difícil para todos. Nos lleva a una lucha constante para que la experiencia de Dios ilumine en todo momento nuestra mirada sobre el mundo. Nos exige una disciplina de vida, personal y comunitaria, que nos mantenga atentos a las llamadas del Espíritu.

Nº 52.– Cada laico asuncionista debe poder contar con sus hermanos para encontrar con ellos condiciones favorables para la oración: recogimiento, apoyo mutuo, un lugar adecuado, espíritu de libertad y creatividad.

Nº 53.– En una reunión periódica de planeación, la comunidad Asuncionista, determinará la estructura de las juntas; los tiempos de oración; buscando hacer de la Eucaristía, el centro y culmen de nuestras vidas, volcando en ella los proyectos, logros y esperanzas.

Todos comparten su responsabilidad.


Nº 54.– Cada laico asuncionista tiene la responsabilidad de organizar, según su sensibilidad y madurez espiritual, su programa de oración personal; debe determinar momentos regulares para su renovación espiritual, en especial su retiro anual.


Dentro de lo posible preverá para cada día:

- Un tiempo personal de oración, meditación y adoración al Santísimo Sacramento.

- En especial, debe procurar tiempo para la participación en la Eucaristía, que es centro y culmen de nuestra vida cristiana.

Tendremos siempre presente que “para nosotros contemplación y acción se unen en un mismo fin: servir a la extensión del Reino de Jesucristo”. (P. Manuel d’Alzon, Directorio, E. S., p. 79).

ESTATUTOS

DE LA HERMANDAD DE LAICOS ASUNCIONISTAS

El primer fin de nuestra hermandad e su crecimiento en y para la comunidad.

Somos una comunidad de fe, esperanza y caridad para el advenimiento del Reino, en y a través de nosotros.

Nuestra espiritualidad se encuentra contenida en esta Regla de Vida, en los escritos del Manuel d’Alzon y de San Agustín nuestros padres.

Nº 1.– Constitución.

Nuestra hermandad esta formada por diversas comunidades laicas inspiradas en el padre Emmanuel d’Alzon, con amplia variedad de apostolados.


Nº 2.– Gobierno o mesa directiva.

2.1. Consejo.

El consejo está integrado por los siguientes puestos:

a) Un coordinador.

b) Un vicecoordinador.

c) Un tesorero

d) Un secretario.

e) Los vocales que se juzguen convenientes, de acuerdo con el número de comunidades apostólicas integradas.


2.2. Duración.

La primer mesa de gobierno o directiva, durará un periodo de dos años, para consolidar el arranque. A partir del tercer año, se renovará anualmente pudiendo ser reelegidos por otro año un máximo de la mitad de sus miembros.


2.3. Renovación.

La renovación de la mesa directiva, se hará convocando a una asamblea general, en la que mediante voto secreto, se elegirá a los ocupantes de cada puesto.

Si por causas de fuerza mayor uno de los cuatro miembros tuviera que abandonar su puesto, los restantes elegirán a quién lo sustituirá de entre la comunidad.


2.4. Reuniones.

Los integrantes del consejo se reunirán por lo menos, cada dos meses, en el lugar, fecha y orden del día previamente acordados.


2.5. Funciones.

Coordinar y dirigir el desarrollo de las comunidades (que formen parte de la hermandad), en su vida espiritual y apostólica de acuerdo a la Regla de Vida aceptada por los Laicos Asuncionistas.
Manejo económico de los recursos que se tengan dentro de la comunidad.


Nº 3. Formación.

3.1. La formación impartida a los aspirantes e integrantes de la hermandad de Laicos Asuncionistas deberá cumplir con las siguientes características: Ser continua, integral, d’Alzoniana y Agustiniana.

3.2. Para tomar el primer compromiso, el periodo de formación no deberá ser menor a dos años, contemplando una reunión de dos horas quincenalmente.

3.3. Para renovación del compromiso se harán programas semestrales o anuales según lo decida la mesa directiva o de gobierno.


Nº 4. Compromiso.

4.1. Para mantener su espíritu y sus obras, se hará un compromiso con la Iglesia y con la hermandad, por un año renovable.
4.2. La fórmula con la que nos comprometemos se encuentra al final del documento.


Nº 5.– Obras.

5.1. Saldrán de la vida de la comunidad.

5.2. Deberán ser aprobadas por el consejo.

5.3. Los diversas comunidades entregarán reportes periódicos de sus actividades al consejo directivo.

Nº 6.– Economía.

6.1. El consejo será el responsable de conseguir los fondos necesarios para la realización de las distintas obras. Estas se manejarán con presupuestos aprobados.

6.2. Todos los miembros serán corresponsales de la obtención de fondos.

Nº 7.– Las Comunidades laicales integradas.

7.1. Reuniones.

En la agenda de sus reuniones periódicas cada comunidad deberá incluir:

a) La Palabra.

b) Un pequeño estudio sobre el fundador de la Asunción, el P. d’Alzon.

c) Intercambio de experiencias en la labor efectuada.

d) Oración y acción de gracias.


7.2. Cada comunidad deberá de presentar su plan de estudios/formación y de trabajo anual al conejo, con objetivos, procedimientos y presupuestos muy claros.


COMPROMISO

Los Laicos Asuncionistas
herederos de Manuel d’Alzon,
queremos trabajar
para el advenimiento del Reino de Dios
en el espíritu de la Asunción.

JUNTOS:
Ahondando en la espiritualidad de los
Agustinos de la Asunción,
queremos hacer crecer nuestra vocación bautismal, y trabajar en la edificación de la Iglesia
por el anuncio de Jesucristo.
“Buscamos vivir unánimes, teniendo
Un alma sola y un solo corazón hacia Dios”.

Jesucristo está en el centro de nuestra vida.
Bajo la acción del Espíritu, y a ejemplo de María,
nos comprometemos a seguirle en la fe,
la esperanza y la caridad.
Él es quien nos llama a caminar juntos.

Queremos el desarrollo de todo el hombre.
Buscamos estar presente en cualquier lugar
donde Dios está amenazado en el hombre
y el hombre amenazado como imagen de Dios.

“¡VENGA TU REINO!”
Hacemos nuestra la divisa de Manuel d’Alzon.
Nos convoca a trabajar juntos por el advenimiento del Reino de Cristo en nosotros y en el mundo.
Queremos ante todo compartir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, en especial de los pobres y de todos los que tienen hambre y sed de justicia.

La oración es la fuente siempre renovada de nuestra acción apostólica. Reconocemos su necesidad.
Nos permite entrar en la intimidad
con Aquel que anunciamos.
La oración cuestiona nuestra vida a la luz del Evangelio.

Juntos buscamos, en virtud de la vocación propia de la Asunción, estar siempre disponibles, ser capaces de creatividad e inventiva. Verificamos con regularidad la calidad de nuestro servicio apostólico, así como su carácter doctrinal, social y ecuménico.

A los Laicos Asuncionistas el Espíritu nos llama a dar un paso más en la colaboración con los religiosos.
Buscamos cómo ir más lejos en este camino, fundando una hermandad laical de asuncionistas.

Esta DECLARACIÓN es un primer paso.
Reclama ser ratificada en el día a día.
Pide también crecer en la fidelidad, al llamamiento recibido en el día de nuestro Bautismo.

Nos comprometemos a trabajar juntos
Según nuestra Regla de Vida
Al servicio del Advenimiento del Reino
“POR AMOR A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO”

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